Hay realidades que no se pueden negar. Cada cierto tiempo una tragedia toma por asalto las noticias y revive una vieja discusión en la que no hay ganadores: el tema de las armas de fuego y la violencia en Estados Unidos.
Una estéril discusión política no ha logrado evitar la masacre a cuentagotas que parece no tener fin, mientras los tiroteos masivos se repiten ante la mirada atónita de propios y extraños.
El tema no es nuevo
Analistas sociales han alertado sobre este problema en Estados Unidos. La página web Mother Jones levantó una base de datos sobre los tiroteos masivos ocurridos desde 1982 y registró 128.
Pero esto no se inició en 1982, el reporte más antiguo se remonta a 1764, cuando 11 niños y un maestro fueron asesinados.
Según el Centro de Control de Enfermedades (CDC) estas masacres representan 0,9% de las muertes por armas de fuego en EEUU, “de allí que los esfuerzos de prevención se enfoquen en el 99% de los asesinatos restantes, que dejaron 11.208 muertes en 2013”, señala J. Scott Lewis en el estudio “The Relationship between Gun Control Strictness and Mass Murder in the United States: A National Study 2009-2015”.
Los tiroteos masivos han triplicado su frecuencia en los últimos años según análisis realizados por el Buró Federal de Investigación (FBI) y la Universidad de Harvard. Vale destacar que estos ataques no ocurren solo en las escuelas, la mayoría han sido en la vía pública, lugares de trabajo, iglesias, discotecas, salas de cine, conciertos y reuniones familiares. En fin, que en cualquier momento un sujeto armado puede disparar y asesinar a decenas de personas, pero cuando se ataca una escuela se logra un gran impacto en la opinión pública.
Armas al alcance de todos
Mucho se ha discutido sobre las causas, entre las que se han señalado letras de rock y rap, series, películas, videojuegos, así como enfermedades mentales, problemas sociales y culturales, acoso y bullying. Pero casi todos los países tienen exposición a los mismos problemas –y a otros más graves– y, sin embargo, no repiten esos sangrientos guiones. Entonces, ¿qué marca la diferencia?
Deshojando la margarita encontramos el elemento diferenciador: en EEUU el individuo que tiene el potencial para perpetrar estas matanzas tiene acceso a cualquier tipo de armas de fuego sin mayores limitaciones.
El estudio “Public Mass Shooters and Firearms: A Cross-National Study of 171 Countries”, realizado por Alan Langford, arrojó que las naciones con altas tasas de propiedad de armas de fuego son particularmente susceptibles a masacres armadas, aun si se trata de países pacíficos o con una población general mentalmente saludable.
Los estadounidenses tienen el derecho constitucional a portar armas, al menos 265 millones de ellas están en manos privadas, según un estudio de 2016 llevado a cabo por las universidades de Harvard y Northeastern, que arrojó además que más de la mitad de esas armas están en manos del 3% de la población.
Otro estudio encontró una relación entre los niveles de educación y la tendencia a portar armas, según este, a más bajo el nivel educativo, mayor será el interés por las armas.
Armas, políticos y una oscura relación
Ahora bien, si se ha determinado que los tiroteos masivos están relacionados con el acceso a las armas de fuego, entonces, ¿por qué no se limita su venta o se prohíben?
Pero aparecen otros actores. En EEUU, los más acérrimos defensores del derecho a portar armas están afiliados a la National Rifle Association (NRA) con cerca de cinco millones de miembros.
Se trata de una poderosa organización que mantiene un lobby muy activo en la Cámara de Representantes y el Senado, y tiene una fuerte influencia en el Partido Republicano y más débil, pero no inexistente, en el Demócrata.
El gran problema para el control de las armas es la interpretación que hacen a la Segunda Enmienda de la Constitución norteamericana, que consagra el derecho del pueblo a estar armado.
Bajo el alegato del respeto a la Carta Magna, el PartidoRepublicano y la NRA, rechazan cualquier tipo de controles, llegando a extremos como los declarados por el fiscal general de Texas, Ken Paxton, y el expresidente Donald Trump, quienes propusieron armar a los maestros para prevenir nuevas masacres, obviando los casos en los que los maestros han asesinado a sus alumnos.
Lo ideal sería establecer controles en la obtención de permisos para adquirir las armas, tal como los permisos para conducir, así como prohibir la venta de armas semiautomáticas y de guerra, de esa manera al menos se limitaría el acceso a las herramientas de destrucción masiva que han usado para cumplir sus fines.
La fama y la gloria a cualquier precio
Los analistas consideran necesario estudiar a los tiradores masivos para tratar de encontrar las razones y los factores sociales y culturales que expliquen por qué en algunos países ocurren estos hechos más que en otros.
Uno de los motivos podría ser mucho más frívolo de lo que se piensa, y es que en Estados Unidos, la fama y la popularidad tienen un enorme peso social. Según encuestas realizadas por el Pew Research Center, 51% de los estadounidenses de entre 18 y 25 años dice que “ser famoso” es una de las metas más importantes de su vida.
El sistema de clases que se impone en centros de estudio y trabajo se fundamenta en la popularidad de sus miembros y establece altos niveles de estrés entre quienes no reúnen los requisitos de popularidad y se sienten víctimas de un sistema injusto.
Muchos de esos individuos desarrollan conductas asociales y se disocian de la realidad para terminar convertidos en potenciales buscadores de venganza ante una ofensa que sienten haber recibido de la sociedad.
Desafortunadamente, muchos asesinos en masa estadounidenses buscan fama y gloria y la obtienen gracias a la cobertura mediática que reciben. Matar parece darles exactamente lo que quieren.

