Las muertes provocadas por desastres naturales en nuestro país se han convertido en una trágica constante que se repite año tras año
El domingo 6 de septiembre 1987, tras varios días de lluvias, el Parque Nacional Henri Pittier, en el estado Aragua, amenazaba con desatar su lado más tenebroso sobre la población de El Limón.
Un fuerte aguacero descargó al menos 180 milímetros de lluvia, el equivalente a dos meses de lluvia en un solo día. El río El Limón se desbordó y decenas de deslaves tapiaron el cauce. Oleadas de barro, piedras y árboles arrancados de raíz arrasaron lo que encontraban a su paso. Los barrios El Progreso, Mata Seca y El Limón se llevaron la peor parte. Cifras oficiales ubican la cantidad de muertos en 100, pero podrían superar los 300. Además hubo decenas de heridos y cientos de damnificados.
Seis años más tarde, a finales de julio de 1993, la tormenta Bret golpeó muy de cerca las costas venezolanas. El 9 de agosto las lluvias se desataron en Caracas y Miranda. Los deslaves dejaron más de 100 muertos, dos barrios de El Valle fueron borrados, cientos de viviendas afectadas y los damnificados fueron mudados a los Valles del Tuy.
Diciembre de 1999 elevó a nivel de tragedia el efecto de las lluvias en Venezuela. Ese año una vaguada afectó a miles de personas en los estados Vargas y Miranda y en el Distrito Capital. El área más golpeada fue La Guaira, donde los deslaves literalmente cambiaron el paisaje y mataron a 30 mil personas. Miles fueron desplazados.
Entre 1970 y 2019 se registraron más de 11 mil desastres relacionados con el clima y el agua que dejaron más de dos millones de muertos y pérdidas por más de $3,64 billones. En promedio, cada día murieron 115 personas»
Organización Meteorológica Mundial (OMM)
Este año, nuevamente la tragedia se repite. El sábado 8 de octubre la lluvia arrasó parte de la población aragüeña de Las Tejerías. Hasta este martes el parte de víctimas ascendía a 41 fallecidos, decenas de heridos, cientos de damnificados y enormes pérdidas materiales.
En el ínterin de esta historia, decenas de deslaves e inundaciones repentinas, provocadas por las lluvias, han sembrado el dolor y la muerte. Entonces, ¿qué está pasando? ¿Por qué las tragedias continúan repitiéndose con pasmosa frecuencia?
Ese asesino llamado ambiente
La Organización Meteorológica Mundial (OMM), un organismo de las Naciones Unidas especializado en el estado y comportamiento de la atmósfera de la Tierra, ofrece un panorama sobre la violencia climática y ambiental en el “Atlas sobre mortalidad y pérdidas económicas debidas a fenómenos meteorológicos, climáticos e hidrológicos extremos”.
“Entre 1970 y 2019, se registraron más de 11 mil desastres relacionados con el clima y el agua que dejaron más de dos millones de muertos y pérdidas por más de 3,64 billones de dólares, en promedio, cada día murieron 115 personas y se perdieron 202 millones de dólares”.
Uno de los datos más perturbadores del informe es que el número de desastres se quintuplicó en el período y las pérdidas se multiplicaron por siete, lo que deja en evidencia la vulnerabilidad que tenemos hoy en día. El riesgo es enorme.
Lo más grave para países como Venezuela es que los desastres climáticos afectan de manera desigual. Los países pobres son los más afectados. Nueve de cada 10 muertes provocadas por fenómenos climáticos ocurrieron en países en desarrollo.
Un mal con muchos responsables
Geólogos, ambientalistas, biólogos, ingenieros y un largo sinfín de activistas han advertido sobre el altísimo riesgo que conlleva para la población la construcción y consolidación de comunidades en zonas cercanas a los cauces de los ríos, así como en montañas proclives a derrumbes y deslizamientos.
Sin embargo, la pobreza obliga, y ante la escasez de espacios donde construir, las pocas áreas disponibles se encuentran precisamente en las zonas más peligrosas: cercanas a ríos, en montañas, y año tras año se repiten las consecuencias sin que se tomen medidas, impopulares, pero necesarias.
Muchos poblados crecieron en conos aluviales, con mala o pésima canalización de aguas servidas, las canalizaciones terminaron convertidas en basureros y ante eventos como la onda tropical de Miranda y Aragua, nos encontramos con trágicos deslaves”
Jorge Carrero Marquina
Profesor universitario y geógrafo
Quien viaje por la Autopista Regional del Centro podrá observar que la mayoría de las comunidades que existen a lo largo de su recorrido se encuentran en cuencas de quebradas. El esquema de Las Tejerías se repite en Santa Rita, El Consejo, La Victoria, San Mateo, Turmero y todos los pueblos que hay hasta Maracay. Pero la situación no se limita a esa carretera, es un problema endémico de todo el país.
Invasión de cuencas
Son poblaciones que nacieron en áreas planas, con un clima benevolente, pero sus constructores olvidaron los ríos y quebradas y estos retoman sus cauces, y terminan desembocando precisamente donde están asentadas esas comunidades.
Son poblados ubicados al final de toboganes naturales por los que bajarán torrentes imparables de lodo, piedras y árboles que destruirán todo lo que encuentren a su paso.
“Muchos poblados crecieron en conos aluviales, con mala o pésima canalización de aguas servidas, las canalizaciones terminaron convertidas en basureros y ante eventos como la onda tropical que golpeó las montañas de Miranda y Aragua, nos encontramos con trágicos deslaves” señaló el profesor universitario y geógrafo Jorge Carrero Marquina.

