La gran historia de José Gregorio Hernández, el siervo de Dios, el beato, comenzó cuando la vida se le escapaba
Hay hechos que parecen una tragedia, pero a partir de ese momento se convierten en la esperanza de millones. Quizá la muerte, al igual que la vida, no es más que una nota en la sinfonía de la humanidad, pero no vemos el significado de los silencios, que de pronto se convierten en milagros. A partir de la muerte no es la voz del santo la que se escucha, sino que se atestigua el actuar de fuerzas desconocidas para el ojo profano.
Y entre las historias de esa violencia que nos concierne, tan cotidiana y tan venezolana como la hallaca y la arepa, no podía faltar la trágica muerte del médico de los pobres, José Gregorio Hernández.
Una historia llena de imprecisiones que se cuenta a medias. Fue arrollado, pero ¿cómo?, ¿por qué? Definitivamente es una historia que merece ser recontada.
José Gregorio Hernández, quien años después sería conocido como “el siervo de Dios” y desde 2021 como «el beato», fue médico y docente, dueño de una amplia cultura, hablaba seis idiomas, entre ellos el latín, era músico y filósofo.
Nació en Isnotú, Trujillo, y gracias a sus conocimientos logró una beca para estudiar medicina en Francia. Durante su estadía, estuvo a punto de ordenarse sacerdote, pero siguió sus estudios.
A su regreso fundó el primer laboratorio de investigaciones bacteriológicas del país, es padre de una escuela de investigadores que desempeñaron un papel fundamental en la medicina venezolana. Como docente era exigente.
De la misma manera en que era inflexible en el trabajo, también lo era en sus creencias, era profundamente católico y su fe nunca entró en contradicción con su profesión científica. Pudo unir ambas pasiones y dedicó su esfuerzo a atender a los más pobres.
Fue esa faceta la que lo hizo conocido por quienes no tenían recursos y que acudían a él en búsqueda de sanación.
El 29 de junio de 1919 se dirigía a una de esas tareas sociales cuando se encontró con el destino.
El protagonista, además del Dr. Hernández, fue el mecánico dental Fernando Bustamante, de 25 años, quien tenía la licencia de conducir número 444. El Hudson Essex de 1918 que conducía era uno de los cerca de 700 vehículos que había en la ciudad.
A las 2:00 pm, el Dr. Hernández salió del consultorio, ubicado en su casa en La Pastora, a atender a una paciente que vivía entre las esquinas de Amadores y Cardones. Cerca pasaba el tranvía, medio de transporte eléctrico de la Caracas de inicios del siglo XX.
El tranvía se detuvo en la esquina de Amadores cuando Hernández comenzó a cruzar la vía, y Bustamante intentó rebasarlo. En ese momento el destino unió a los dos hombres.
Bustamante narró en los tribunales lo que ocurrió: vi encima del automóvil a una persona que cruzaba e intentó esquivar el carro, al hacerse hacia atrás perdió el equilibrio y cayó de espaldas golpeando su cabeza contra la acera, sus últimas palabras fueron “Virgen Santísima”.
El mecánico dental detuvo el auto y reconoció al Dr. José Gregorio Hernández con un golpe fuerte en la cabeza, lo trasladó hasta el Hospital Vargas donde no había médicos de guardia, por lo que fue a buscar al Dr. Luis Razetti; al regresar al centro de salud ya el Dr. José Gregorio Hernández había muerto y nacía una historia de santidad.

