El pequeño Miguel Alejandro desapareció cuando jugaba en el patio de su casa en octubre de 1992
El cierre es una de las características de la muerte. Es el punto final, el momento de cerrar una historia porque hasta allí llegan la vida y las anécdotas. A partir de ese día todo se convierte en recuerdos, en imágenes, en sabores y olores que nos recuerdan a quien estuvo junto a nosotros.
Pero no todas las historias tienen ese cierre. Algunas, muchas, se convierten en un infierno permanente que acompaña a los familiares de las personas que de pronto se esfumaron, que se perdieron sin que nadie pudiera dar con su paradero; a veces se cree que son secuestradas, otras que se fueron voluntariamente, que se perdieron sin dejar ningún rastro. No hubo nada que permitiera saber qué pasó con ellas.
Esta es una de esas historias, de esas que no tienen final, que no tienen cierre, que quedaron colgadas en el tiempo, que dejaron habitaciones congeladas. Es la historia de miles de madres que quedaron con el corazón pendiendo de un hilo.
Madres que detrás de cada timbre del teléfono o de cada voz que escuchan se sobresaltan con la esperanza de encontrar a ese que desapareció. Son miles de historias que tienen ese denominador común: la desaparición, con la imposibilidad física de cerrar un ciclo.
Es una historia ocurrida en los últimos meses del año 1992, cuando un niño desapareció de su casa, ubicada en el noroeste de la ciudad de Valencia, estado Carabobo.
A mediados de octubre de ese año, durante una de esas cálidas tardes valencianas, el pequeño Miguel Alejandro Bravo se encontraba jugando en el patio de su casa, su mamá estaba dentro y lo llamó, debido a que el niño no respondió, salió a buscarlo, y… no estaba. El chico había desaparecido del patio. A partir de ese momento su vida daría un vuelco total.
Se hizo la denuncia sobre su desaparición y se esperó que los secuestradores hicieran contacto con la familia, se presumió que el niño estaba en manos de alguna banda y que en cualquier momento solicitarían rescate para liberar al pequeño. Pero pasaron las horas y los días y los supuestos secuestradores no se comunicaron.
Poco tiempo después, unos sujetos se comunicaron con la familia exigiendo una fuerte suma a cambio de la liberación del pequeño, pero, según la policía, se trataba de unos estafadores que fueron capturados por la hoy extinta Policía Técnica Judicial. No tenían al niño.
Así pasó el tiempo, ninguna pista, oficial o psíquica, llevó a algún lugar.
Se hicieron campañas buscando al niño, se tapizaron Valencia, Maracay, Barquisimeto, Puerto Cabello con fotografías del pequeño y nada brindaba resultados. Se estudió el círculo familiar y sus allegados, a los trabajadores, y ninguna de las pesquisas condujo a nada.
Pasó el tiempo y nunca se supo nada de Miguel Alejandro Bravo. El caso fue quedando en el olvido, jamás se supo de su paradero, mientras que los familiares tuvieron que llevar la carga de saber que su hijo simplemente se esfumó.

