Un brutal asesinato, seguido de un juicio amañado, dio nacimiento al popular refrán
Desde 1932, a casi cien años de esa fecha, todavía se recuerda a Charles Lindbergh por dos cosas: una de ellas es por haber sido la primera persona en cruzar en vuelo el océano Atlántico; la otra, aunque está directamente relacionada con el piloto, no lo tiene como protagonista, sino a su hijo mayor.
El caso se remonta a la noche del 1° de marzo de 1932, cinco años después de la hazaña que hizo mundialmente famoso al piloto, en un poblado ubicado en el estado de Nueva Jersey.
Esa noche, a las 7:30, Betty Gow, enfermera de la familia Lindbergh, llevó hasta su cuna al pequeño Charles Augustus Lindbergh Jr., hijo mayor del piloto. Lo envolvió en sus sábanas e hizo algo que era común en esa época, lo ató para que no se moviera durante la noche.
Aproximadamente a las 9:30 pm, mientras la madre del niño, la escritora y aviadora Anne Morrow Lindbergh, se bañaba, el piloto estaba en la biblioteca de la casa, ubicada justo debajo de la habitación del niño. A esa hora escuchó un golpe de madera: pensó que algo se había caído.
Media hora más tarde la enfermera entró al cuarto del niño y no lo encontró. En la cuna un sobre anunciaba que había sido secuestrado. Días más tarde darían instrucciones. En otra carta se señalaba el monto del rescate: 50 mil dólares.
Así se iniciaron dos tensos meses de negociaciones, al cabo de los cuales el monto del rescate subió a 70 mil dólares debido a la presión que la opinión pública impuso. Los secuestradores informaban que el niño estaba con vida en un bote.
El 12 de mayo, dos meses y medio después de haber sido secuestrado, llegó la cruda realidad: un camionero se detuvo a pocos kilómetros de la casa de la familia, caminó a un bosque para orinar y a los pocos metros descubrió un cadáver semienterrado. Era el desaparecido bebé de 20 meses.
El cuerpo evidenciaba un golpe mortal en la cabeza. El niño fue identificado por la enfermera por las características de los dedos de los pies. Su cuerpo fue cremado más tarde sin realizarle autopsia y sus cenizas fueron lanzadas al Atlántico por su padre días más tarde.
Dos años después fue detenido Bruno Richard Hauptmann, un inmigrante alemán de 35 años, y se inició el entonces llamado “juicio del siglo”, en el que se presentaron una serie de pruebas que permitieron al jurado encontrarlo culpable y, aunque siempre señaló que era inocente, fue condenado a muerte, sentencia que se aplicó el 3 de abril de 1936.
Años más tarde se determinó que muchas de las pruebas que condenaron a Hauptmann eran falsas o plantadas. En otras palabras, a casi 100 años del secuestro y asesinato, el crimen sigue impune.
De ese crimen perdura en el tiempo la memoria de la desaparición de un pequeño de menos de dos años. El secuestro dio paso al dicho “más perdido que el hijo de Lindbergh”. No se recuerda el brutal asesinato del pequeño, y mucho menos el juicio amañado.
Años más tarde su papá se iría a Alemania y se haría cercano al régimen de Adolf Hitler. Pero esa es otra historia.

