Sombras del mal: El sátiro de San Isidro, asesino en serie

En una Argentina previa a la dictadura, un brutal asesino sembró el terror en Buenos Aires

A mediados de los años ‘70, un sádico asesino sembró el terror en la zona de San Isidro, al norte de Buenos Aires. Mientras un clima político y social hacía efervescencia en la convulsionada Argentina, gobernada por Juan Domingo Perón, en las sombras emergía la figura de un sujeto que en muy poco tiempo, apenas seis meses, dejaría un rastro de violencia y muerte.

Esta es la historia de Francisco Antonio Laureana, quien más tarde sería conocido como el “Sátiro de San Isidro”. Nacido en 1952, pasó parte de su infancia en un colegio católico y además fue seminarista.

Las pocas fotografías que existen de Laureana fueron tomadas tras su muerte, tiene los ojos abiertos y la mirada perdida. Está recostado contra las baldosas blancas de la morgue de Buenos Aires. En su pecho se observa un agujero del cual brota un hilo de sangre. Dos hombres lo sostienen, pero no se les ve el rostro. El único que importa es él. 

Las autoridades policiales le atribuyen 15 víctimas de violación, 13 de ellas asesinadas entre mediados de 1974 y 1975. Sin embargo, los datos no son conclusivos debido a que murió antes de ser interrogado.

Supuestamente, el primer crimen de Laureana lo cometió mientras era seminarista y se sintió atraído por una monja, a quien habría violado y colgado. Tras el crimen, huyó.

A mediados de 1974 reapareció como artesano en San Isidro. Vendía collares, pulseras y anillos que elaboraba. Al poco tiempo fue a vivir con una mujer que tenía tres hijos. 

De pronto comenzaron a desaparecer niñas y mujeres. 

Casi todos los miércoles y jueves, cerca de las 6:00 de la tarde, una mujer o una niña desaparecía en la ciudad, sus cuerpos eran encontrados días más tarde en terrenos baldíos, con signos de abuso sexual y estranguladas o abaleadas con un arma calibre 32. 

Uno de sus crímenes más aberrantes ocurrió a finales de enero de 1975, cuando asesinó a dos niñas de cinco y siete años, la primera fue estrangulada y la segunda murió de un disparo en la frente.

Meses más tarde, un testigo vio al hombre huir de uno de los crímenes, y dio a la policía los datos necesarios para elaborar el identikit que sirvió para capturar al asesino.

Poco tiempo después, una mujer vio a un hombre en actitud sospechosa detrás de un alambrado, el individuo se había colado en una mansión en cuya piscina había mujeres y niñas, informó a la policía

El sujeto intentó huir, despistó a la policía y se escondió en una calle, pero un perro lo ubicó y cuando llegó la policía se produjo un tiroteo en el que el “Sátiro de San Isidro” murió. “Ya muerto tenía los dos ojos abiertos mirando al frente”.

Cuando la policía allanó su casa, encontraron los recuerdos robados a sus víctimas: Anillos, cadenas, pulseras, zarcillos, que guardaba en el interior de una bota.

Como casi todos los asesinos seriales, Laureana tenía una doble vida. Su esposa y familiares lo recuerdan como un buen hombre, sin actitudes sospechosas ni extrañas.

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