Más allá de los discursos explosivos, puede ser una verdadera amenaza a la democracia al debilitar la confianza en el sistema
A poco más de 30 años de su muerte, Pablo Escobar Gaviria todavía es un referente en la narrativa sobre el delincuente latinoamericano. Documentales, series y películas cautivan la mirada e hipnotizan a millones de personas presentando, ante los ojos del mundo, a América Latina como la cuna de crueles y exitosos delincuentes.
El crimen organizado en América Latina es un fenómeno complejo que trasciende los límites nacionales y afecta profundamente las estructuras sociales y económicas. Aunque figuras como Pablo Escobar han sido mitificadas en la cultura popular, los verdaderos rostros del crimen organizado son mucho más amplios, representando redes corruptas que operan desde los barrios más humildes hasta las élites económicas y políticas.
Las sirenas y alarmas suenan del sur al norte. En todas hay un elemento en común, los migrantes venezolanos y una sombra que se escabulle entre ellos, la del supuesto desalmado criminal venezolano escondido detrás del tenebroso nombre del Tren de Aragua.
Pero… ¿Qué es el crimen organizado?
Lo primero que tenemos que hacer es saber de qué hablamos cuando nos referimos al crimen organizado. “El término se refiere al conjunto de actividades ilícitas llevadas a cabo por grupos estructurados de delincuentes, integrados por más de tres personas que operan de manera sistemática y sostenida”, señala el portal InsightCrime.
“En la medida en que estas organizaciones crecen, se hacen complejas; se adaptan a los cambios con jerarquías sólidas, definidas y respetadas. Su objetivo es lograr beneficios económicos y su accionar suele trascender las fronteras de los países donde se originan”
InsightCrime
En la medida en que estas organizaciones crecen, se hacen más complejas; se adaptan a los cambios con jerarquías sólidas, definidas y respetadas. Su objetivo es lograr beneficios económicos sin importar el modo; su accionar suele trascender las fronteras de los países donde se originan.
Entre sus actividades más comunes tenemos: Tráfico y trata de personas, secuestro, extorsión, chantaje, lavado de dinero, crimen cibernético y contrabando de drogas, combustible, cigarrillos, licores, armas y alimentos, entre otros.
La espada que camina por América
El Tren de Aragua nació en el apogeo de los pseudosindicatos, organizaciones paraestatales que controlaban las obras y que dieron origen a decenas de bandas delictivas y entre ellas, una, el Tren de Aragua, lograría en un período de una década convertirse en la protagonista principal de esta historia, de acuerdo a una investigación publicada por Transparencia Venezuela.
La banda quizá no hubiese superado sus primeros años de vida, pero algo cambió su destino: sus integrantes fueron detenidos y enviados al Centro Penitenciario de Aragua, o cárcel de Tocorón. Detrás de sus muros evolucionó, de una banda más del interior venezolano, al monstruoso aparato criminal que es hoy en día.
Una transformación que no fue casual, fue consecuencia directa de varios factores que se conjugaron, entre los que destaca la falta de acción del Estado en el control de las cárceles.
Eso hizo surgir el pranato, suerte de gobernanza criminal entre delincuentes y fuerzas del orden que se mantuvo en las cárceles del país con el fin de pacificar, con mano de hierro, las violentas peleas por el control de los retenes que caracterizaron la primera década del siglo XXI. Esta gobernanza permitió a sus pranes consolidar su poder en Tocorón y controlar el delito en el sur de Aragua, luego se extendieron a casi todo el país.
El salto fuera de las fronteras fue un paso natural producto de la crisis migratoria. Sus integrantes se camuflaron entre millones de migrantes y así, haciéndose eco de un eslogan revolucionario, el Tren de Aragua se convirtió en “la espada que camina por América Latina”.
Acompañó las olas migrantes y a su paso controló o se alió a bandas en las zonas fronterizas y barriadas en los países que colonizó, destruyendo la imagen del migrante trabajador para construir la del “veneco delincuente”.
Haití: Cuando el delito es la norma
El caso de Haití ilustra lo que ocurre cuando el crimen organizado se convierte en norma. Con un Estado debilitado y una ausencia de fuerzas policiales efectivas, sin tribunales que puedan impartir justicia, las bandas criminales asumieron roles de gobernanza, imponiendo impuestos, controlando el transporte y alimentos, e incluso administrando justicia.
“El pranato, suerte de gobernanza criminal entre delincuentes y fuerzas del orden, surgió en las cárceles del país con el fin de pacificarlas con mano de hierro. Esta gobernanza permitió a sus pranes consolidar su poder y controlar el delito. En Tocorón su influencia se extendió del sur de Aragua a casi todo el país”
Transparencia Venezuela
Esta situación ha llevado al país a una crisis humanitaria extrema, caracterizada por miles de muertes producto de las guerras entre bandas, migración masiva y un entorno de inseguridad generalizada.
¿Un peligro sin solución?
Aunque el crimen organizado es una amenaza real tangible, la narrativa mediática y política a menudo exagera su impacto para fomentar discursos xenófobos y divisionistas. Estos discursos sirven como herramienta de manipulación emocional, creando enemigos externos a quienes culpar de problemas internos.
El crimen organizado no es invencible, pero combatirlo requiere acciones integrales. Las instituciones democráticas deben fortalecerse, mientras se abordan las causas estructurales, como la pobreza y la desigualdad, que alimentan estas redes criminales.
Las soluciones deben ser sostenibles, respetar los derechos humanos y promover la cohesión social para evitar perpetuar ciclos de violencia y exclusión.
Expertos consideran que la propagación del crimen organizado en América Latina no es un «fantasma», es una amenaza real, pero no invencible. Su impacto varía según el contexto nacional y las respuestas de cada gobierno.
Abordar este fenómeno requiere de un equilibrio entre fortalecer las instituciones democráticas y atender las causas estructurales que fomentan el crimen. La clave radica en estrategias sostenibles que respeten los derechos humanos y fomenten la cohesión social.

