Un sombrío asesino utilizó la confianza de sus víctimas como parte de su modus operandi
Durante más de treinta años un sombrío asesino serial sembró la muerte en varios estados de Estados Unidos, mientras desaparecía y lograba mimetizarse en su entorno, tanto así que esa capacidad fue la que terminó por bautizarlo como “The Chameleon Killer”, o “El Asesino Camaleón”.
Terry Peder Rasmussen, nació el 23 de diciembre 1943 en Colorado, de sus primeros años se conoce poco, aunque se sabe que su infancia y adolescencia parecen haber estado marcadas por cambios y decisiones tempranas.
Rasmussen es una figura sombría y perturbadora en la historia criminal de Estados Unidos. Fue bautizado por la prensa como “El Asesino Camaleón» por su capacidad de mezclarse en la sociedad y vivir bajo múltiples identidades, lo que le permitió evadir a las autoridades y cometer una serie de crímenes que quedaron sin resolver por años.
A diferencia de otros asesinos en serie, Rasmussen no atacaba a extraños; se infiltraba en la vida de sus víctimas, ganándose su confianza para luego destrozarlas.
Demostró una inquietante habilidad para reinventarse, adoptando alias como Bob Evans, Larry Vanner, Gerry Mockerman y Curtis Kimball, entre otros. Esta metamorfosis constante fue la clave de su modus operandi. Se movía entre estados.
Esto lo separa de la figura del depredador anónimo y lo sitúa en un plano más siniestro: el de un manipulador que operaba en círculos donde la confianza se convertía en su arma más letal.
Entre sus crímenes más notorios se encuentran los asesinatos de Bear Brook State Park: En este parque de Nueva Hampshire, los restos de una mujer y tres niñas fueron descubiertos en unos barriles. El caso, que permaneció sin resolver durante años, fue el punto de inflexión. El ADN finalmente lo conectó a los restos de una de las víctimas, su propia hija, destapando el horror que había camuflado por décadas.
Además se le vincula con una serie de homicidios que se extendieron desde finales de los años 70 hasta principios de los 2000, incluyendo la desaparición de Denise Beaudin y la muerte de su propia hija, Marie Elizabeth.
El rastro de devastación que dejó Rasmussen no solo afectó a las familias y comunidades de sus víctimas, sino que también obligó a las autoridades a reevaluar sus métodos de investigación. La facilidad con la que se movía y cambiaba de identidad puso en evidencia las limitaciones de la colaboración inter-estatal y la necesidad de modernizar los sistemas de identificación.
Rasmussen fue detenido finalmente en 2002 en California, donde las investigaciones forenses y de la policía lo vincularon directamente con el asesinato de Eunsoon Jun, su última novia.
Este caso fue el único por el que llegó a ser juzgado y condenado formalmente, recibiendo una sentencia que lo mantuvo tras las rejas hasta su fallecimiento en prisión en 2010, pero las investigaciones continuaron y fue vinculado a una serie de al menos seis asesinatos más.
Este caso fue el catalizador para el uso de la tecnología forense avanzada, especialmente el análisis de ADN. Fue el cotejo de perfiles genéticos, décadas después de sus crímenes, lo que permitió identificarlo y nombrar a sus víctimas.


