Hijo de un farolero alcohólico y sifilítico, el adolescente Cayetano Santos Godino se dedicó a asesinar a niños y provocar incendios
A principios del siglo XX, Buenos Aires se engalanaba con la fiebre migratoria y el progreso, la ciudad crecía esperanzada con la llegada de miles de personas de Europa. Pero a la sombra del desarrollo, un espectro oscuro acechaba en los barrios humildes de Almagro y Patricios.
El miedo tenía un nombre y un apodo: Cayetano Santos Godino, quien sería conocido bajo el sobrenombre «El Petiso Orejudo» o “El Enano Orejudo”.
Un joven con apenas 16 años de orejas prominentes pasó a la historia como el primer asesino serial documentado de Argentina y es el caso paradigmático que destapó las fallas de un sistema social y judicial que estaba fascinado por la mejora de la raza o eugenesia.
Cayetano nació el 31 de octubre de 1896 en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Su padre, Fiore Godino, un alcohólico y sifilítico, forjó al futuro criminal a base de palizas y una presunta transmisión de la enfermedad a su hijo a través de su madre.
Esta violencia temprana, sumada a la precaria salud del niño, se convirtió en el caldo de cultivo de su patología. La burla constante por sus grandes orejas cimentó su resentimiento.
Pero fue la violencia extrema, exhibida desde sus siete años, lo que marcó su camino: mutiló animales y, como herencia macabra de su padre farolero, fue pirómano y daba brutales palizas a otros niños.
Entre 1906 y 1912, la lista de atrocidades tuvo un balance reconocido de cuatro homicidios, tres de ellos contra niños; siete tentativas de asesinato y siete incendios intencionales en edificios y personas.
Su modus operandi fue cruel y perturbador: Seleccionaba a bebés o niños pequeños, a quienes raptaba, golpeaba y estrangulaba con un cordel. Un detalle macabro recurrente era el uso de clavos que introducía en los cuerpos de sus víctimas.
El último crimen, que selló su destino, fue el asesinato de Jesualdo Giordano, de dos años, en diciembre de 1912. Tras secuestrar y estrangular al niño con la soga que utilizaba para sujetar su pantalón a modo de correa, Godino tuvo la audacia de presentarse en el velatorio, huyó cuando comenzaron a sospechar de él, pero no fue muy lejos: al día siguiente fue detenido con la cuerda homicida en su bolsillo.
La detención de «El Petiso Orejudo» convirtió su caso en el campo de batalla de las teorías criminológicas positivistas, lombrosianismo y eugenésicas en boga en la época. La prensa lo llamó «monstruo», «hiena» y «bestia».
Las pericias médicas de 1913 lo declararon, casi unánimemente, «desequilibrado mental» con insuficiente desarrollo físico, encajando a la perfección en el estereotipo lombrosiano del delincuente nato.
Condenado a prisión de por vida, Godino fue trasladado en 1923 al gélido Penal de Ushuaia. Sobrevivió en condiciones extremas hasta 1944. Murió a los 48 años. La versión oficial dice que de una hemorragia interna, pero se sospecha que fue asesinado por otros reclusos en represalia por haber matado a sus mascotas.

