En la Polonia de los años 80, un hombre sembró el terror, pero la pésima actuación policial dañó las evidencias e hizo que fuese condenado solo por un caso
Leszek Pękalski, apodado «el Vampiro de Bytów», nació el 12 de febrero de 1966 en la localidad polaca de Osieki. Su historia oscila entre la brutalidad inexplicable y las profundas fallas del sistema judicial polaco. Se le vincula con al menos 17 asesinatos cometidos entre 1984 y 1992, aunque llegó a admitir 80 crímenes. Estas últimas cifras lo ubican entre los asesinos seriales más prolíficos de Europa.
El caso inicia con su arresto en 1992, luego de que una secretaria policial notara similitudes entre Pękalski y el retrato hablado del sospechoso de varios asesinatos. Lo impactante de la investigación fue que el acusado ofrecía información muy específica sobre escenas de crímenes no resueltos. Pękalski recordaba con exactitud detalles de la ropa de las víctimas, posiciones de los cuerpos y objetos abandonados en el lugar, incluso años después de los asesinatos. Este conocimiento hizo que la policía lo considerara autor de una larga serie de homicidios sin resolver que aparentemente estaban desconectados.
Lo que diferencia a Pękalski es la ausencia de un perfil de víctima. En su lista hay niñas, mujeres jóvenes, hombres adultos, un bebé de seis meses, hasta un anciano de 87 años. Lo común es que los crímenes se ejecutaban con extrema violencia, llegando a destruir la identidad visual de muchas víctimas. El componente sexual fue recurrente: actos de necrofilia y masturbación post mortem colocan sus crímenes en una categoría particularmente perturbadora para la criminología forense.
Lo más insólito fue la dinámica de los interrogatorios. Una vez detenido, Pękalski fue inducido a confesar hasta 80 asesinatos bajo incentivos tan básicos como chocolates o revistas pornográficas. Pero luego se retractó parcialmente de sus declaraciones, alegando su alta sugestionabilidad y debilidad mental.
Además el mal manejo policial de pruebas biológicas impidió la correcta imputación de otros crímenes, por lo que muchos asesinatos quedaron sin resolver.
El 9 de diciembre de 1996, tras un largo y mediático juicio, fue condenado a 25 años de prisión en un instituto psiquiátrico por un solo asesinato. Las demás causas fueron desestimadas por insuficiencia probatoria.
Vale destacar que tras cumplir su condena en 2017, no fue liberado por riesgo social, sino transferido a un centro de prevención de conductas disociales, sujeto a revisiones periódicas e internamiento indefinido si se considera aún peligroso.
El caso tuvo un impacto enorme, demostró las debilidades investigativas de la policía polaca de los años noventa, y obligó a revisar los protocolos sobre interrogatorios, preservación de evidencia y manejo mediático, al tratarse de uno de los casos con mayor cobertura en Europa del Este.
Hoy en día Pękalski sigue siendo objeto de estudio en criminología y psiquiatría forense.

