Un enfermero asesinó al menos a diez personas que habían sido puestas bajo su cuidado
Las salas de cuidados paliativos de los centros de salud están destinados a ser santuarios de paz y de tranquilidad; pero el de la clínica de Würselen se convirtió en una trampa mortal para los pacientes que se encontraban recluidos allí bajo la supervisión de un enfermero de 44 años identificado por las autoridades alemanas como Ulrich S, quien fue condenado a cadena perpetua por el asesinato de diez pacientes indefensos.
El veredicto, emitido el miércoles 5 de noviembre por la Audiencia Provincial de Aquisgrán, puso fin a un proceso judicial que dejó al descubierto un móvil tan absurdo como cruel: Durante sus guardias nocturnas, Ulrich S. inyectaba fuertes barbitúricos mezclados con analgésicos a los pacientes bajo su cuidado, no por piedad, sino para inmovilizar a quienes necesitaban cuidados para así tener la menor cantidad de trabajo posible y poder descansar.
El horror de su gestión abarcó apenas cinco meses, entre diciembre de 2023 y mayo de 2024. Los pacientes confiaron su último aliento a sus manos, sin saber que estas se habían convertido en un instrumento de muerte. Inicialmente Ulrich S. fue acusado de cinco casos de muerte sospechosa, para luego aumentar los casos a diez asesinatos consumados y 27 intentos de homicidio, un número que refleja la frialdad y la frecuencia de sus crímenes.
La Fiscalía alemana lo describió sin rodeos: Un hombre que se erigió en «dueño de la vida y de la muerte» por mera indolencia.
Para Alemania, el caso de Ulrich S. es un crimen individual; es la resonancia de un fenómeno que ha manchado la reputación de su sistema de salud. La condena llega con la inevitable y escalofriante comparación con Niels Högel, el «Ángel de la Muerte» más prolífico de la historia criminal moderna del país.
Högel, condenado en 2019 por el asesinato de 85 pacientes, también operaba en turnos nocturnos en hospitales de Oldenburg y Delmenhorst. Su móvil eran la adrenalina y la necesidad de demostrar su capacidad de reanimación, no la pereza. Sin embargo, el patrón es el mismo: Un profesional de la salud que abusa de su posición de confianza para disponer de vidas vulnerables.
La sombra de Högel, con sus decenas de víctimas, hace que la justicia alemana actúe con una firmeza absoluta contra Ulrich S. Prueba de ello es que, además de la cadena perpetua, el tribunal solicitó que, debido a la «particular gravedad de los hechos», el enfermero no sea elegible para la libertad condicional después de los 15 años de reclusión, una excepción reservada para los crímenes más atroces.
La defensa de Ulrich S., que alegaba una inocencia ambigua, aludiendo a que quería hacer “algo bueno» por los pacientes, se desmoronó ante las pruebas concretas. La clave fue un análisis estadístico: un aumento inexplicable en la tasa de mortalidad coincidía directamente con sus turnos de servicio. Los testimonios de familiares, quienes vieron las inyecciones clandestinas, cerraron el círculo.
Con la sentencia aún abierta a apelación, la investigación sigue su curso. Ulrich S. continúa siendo objeto de pesquisas por otros casos sospechosos, sugiriendo que el número de víctimas de este nuevo «Ángel de la Muerte» podría, lamentablemente, aumentar. El sistema de salud alemán se ve obligado una vez más a revisar sus protocolos para evitar que los centros de cuidado se conviertan en escenarios del horror.

