Harry Edward Greenwell fue identificado como “The I-65 Killer” o “El Asesino de la I-65” (Imágenes cortesía)

Sombras del mal: El Asesino de la I-65

Durante 35 años un asesino en serie se mantuvo oculto a la vista de todos, una prueba de ADN logró identificarlo, pero ya era demasiado tarde.

Durante décadas, el corredor vial de la Interestatal 65 en el Medio Oeste estadounidense albergó un enigma sangriento. Entre 1987 y 1990, una serie de ataques brutales contra mujeres jóvenes que trabajaban en moteles generó un clima de terror y desconcierto judicial. El responsable, conocido por años como “The I-65 Killer” o “El Asesino de la I-65”, fue finalmente identificado en 2022 como Harry Edward Greenwell, un delincuente con un extenso historial violento que logró evadir la justicia hasta su muerte.

Nacido en Kentucky en 1944, Greenwell no era un desconocido para el sistema penal. Sus registros, que iniciaron en 1963, incluían robo a mano armada y sodomía. Sin embargo, su empleo como obrero ferroviario en la Canadian Pacific Railway durante los años 80 fue el factor determinante para su impunidad: le otorgó la movilidad necesaria para desplazarse entre Kentucky, Indiana y Ohio sin levantar sospechas, convirtiéndose en un «depredador transitorio».

El rastro de sangre comenzó en febrero de 1987 con el asesinato de Vicki Lucille Heath en un motel de Kentucky. Dos años después, en marzo de 1989, Greenwell intensificó su actividad al asesinar en una misma mañana a Peggy Gill y Jeanne Gilbert en distintos puntos de Indiana. El patrón era idéntico: agresiones sexuales, ejecuciones con arma de fuego y robos menores a empleadas del turno nocturno.

Pese a la letalidad de sus ataques, hubo supervivientes. En 1990 y 1992, dos mujeres lograron escapar de agresiones brutales, aportando una descripción clave: un hombre de «ojos desalineados». Estos testimonios permitieron elaborar un retrato hablado que circuló por años como la única pista tangible de un asesino fantasmagórico.

El estancamiento del caso terminó gracias a la evolución de la ciencia forense. En 2008, el ADN conectó oficialmente los crímenes, pero no fue sino hasta 2022 cuando el FBI y la policía de Indiana, utilizando genealogía genética investigativa, la misma técnica que resolvió el caso del “Asesino del Golden State”, localizaron a un familiar cercano de Greenwell.

La evidencia fue concluyente (99.99%), pero la justicia llegó tarde: Harry Greenwell había muerto de cáncer en 2013.

En palabras del Departamento de Policía de Indiana, la identificación de Greenwell no llevó justicia procesal, pero sí paz a las familias. Las investigaciones complementarias lo asocian con otros ataques no resueltos ocurridos en Wisconsin y Minnesota, aunque nunca se logró corroborarlo por completo.

El caso expuso las profundas grietas del sistema de seguridad de la época. Evidenció las limitaciones de una cooperación interestatal fragmentada y la falta de bases de datos integradas. Hoy, el nombre de Greenwell figura como un recordatorio de la invisibilidad que los delincuentes itinerantes pueden alcanzar en las grietas de la burocracia policial.

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