Cuando la locura y la violencia dejan al descubierto las fallas en el sistema de salud venezolano
Desde las riberas del río Torbes, pasando por las montañas de Carabobo hasta los manglares de Barlovento, Venezuela ha registrado casos en los que la violencia extrema se ha cruzado con la patología mental, dejando al descubierto enormes fallas en el sistema de salud mental patrio.
Nuestra historia criminal se ha centrado en el estudio y análisis sesudo de estadísticas de asesinatos, robos, secuestros y hurtos, y ha sumado miles de kilogramos de drogas incautados.
Durante años prácticamente hemos vivido en vuelos superficiales sobre el panorama criminal, hemos ignorado que en ese violento mundo hay un subsuelo mucho más oscuro, el de las patologías mentales, en el que personas quebradas por enfermedades y abandono estatal terminan cometiendo actos que desafían toda lógica, raciocinio y comprensión humanas.
Entre miles de criminales nacionales, nos encontramos con tres historias que muestran una recurrente y persistente falla del sistema de salud mental; tres historias que nos muestran cómo la locura desdibuja la realidad y convierte a personas con problemas mentales en seres que cometen los más atroces e inimaginables crímenes.
El Caníbal de Bárbula
Esta historia de horrores se inicia a finales de la década de los años 60: en las montañas del norte de Valencia nos encontramos con una denuncia de desaparición de varias personas, la mayoría de ellas pacientes psiquiátricos.
En ese entorno los funcionarios que investigaban el caso encontraron unas osamentas y, en las cercanías, un rancho con un hombre desnudo habitando en él. El hombre se identificó como «Juancho Talavera», un personaje ficticio de una telenovela de la época, y decía que tenía 500 años recorriendo esas montañas.
Para Dorancel, el acto no tenía carga moral. En su mente, era una cuestión de supervivencia. ‘Me sentía bien de salud; sentía descanso con la carne’, declaró a los investigadores»
Sinar Alvarado
Cronista y autor de “Retrato de un caníbal”
Su captura el 12 de febrero de 1969 reveló una realidad dantesca: Se trataba de Evangelista Rosendo Díaz, paciente psiquiátrico de alta peligrosidad, fugado años atrás del hospital de Bárbula y dado por perdido. El hombre se internó en los cerros cercanos, donde para sobrevivir se dedicó a cazar lo que sería su alimento: otras personas que encontraba en su coto de caza personal.
Tras asesinar a sus víctimas, “Juancho” esperaba que los cuerpos se descompusieran para que tuvieran el sabor que le gustaba.
Este primer caso documentado de canibalismo en nuestro país representa una falla recurrente del sistema de custodia psiquiátrica.

El rostro del terror: «El Comegente» de Táchira
Exactamente 30 años más tarde, en una curiosidad histórica, el 12 de febrero de 1999, José Dorancel Vargas Gómez, fue detenido. Su caso es la reiteración de un sistema que falló. Diagnosticado con esquizofrenia paranoide, Vargas vivía como indigente bajo el puente de Peribeca en el estado Táchira.
Al igual que su predecesor, Vargas no era un estratega criminal, pero es el protagonista de uno de los capítulos más mediáticos de la historia criminal venezolana. Se estima que asesinó al menos a 10 hombres. Era metódico en su delirio: Rechazaba a las mujeres, alegando que su carne no le gustaba porque “era dulce”, y expresó su preferencia por la carne de hombre, que le “sabía a pernil”.
Vargas, también conocido como “El Comegente”, nunca fue internado en un centro especializado debido a las fallas del sistema de salud venezolano. Se mantiene preso cumpliendo una cadena perpetua no sentenciada en un centro policial del estado táchira
En su libro Retrato de un caníbal, el periodista Sinar Alvarado concluyó que Dorancel es el resultado de dos fuerzas dominantes: la ignorancia y la locura.

El «Artista Antropófago» de Barlovento
Casi 20 años más tarde, el 6 de abril de 2018, el Cicpc anunció el arresto de otro caníbal, este caso en Barlovento, estado Miranda. Se trata de Luis Alfredo González Hernández, quien fue bautizado por las autoridades policiales como el “Artista Antropófago” .
Este caso introdujo un componente distinto, en la locura del autor se encontraba el elemento pseudo-artístico. González asesinó a un hacendado local para “cumplir un servicio funerario» que aseguró había sido solicitado por la propia víctima, que incluía ser devorado, y usar sus restos como piezas artísticas.
Mientras los centros psiquiátricos carezcan de recursos y los pacientes con trastornos graves vivan en las calles, el riesgo de que la historia se repita permanece latente”
Antonio Arellano Mora
Psiquiatra
En la escena se hallaron lienzos en los que González usó sangre y cenizas humanas para pintar. A diferencia de los casos anteriores, aquí la antropofagia se mezcló con un delirio creativo macabro, evidenciando una desconexión total con normas morales y sociales.

La voz de los especialistas: ¿Maldad o abandono?
La recurrencia de estos casos nos obliga a tratar de ver más allá del morbo de los casos aislados. Especialistas en salud mental y derechos humanos coinciden en que estos crímenes son, en gran medida, síntomas de una crisis de salud mental institucionalizada.
La recurrencia de estos casos nos obliga a tratar de ver más allá del morbo de los casos aislados. Especialistas en salud mental y derechos humanos coinciden en que estos crímenes son, en gran medida, síntomas de una crisis de salud mental institucionalizada.
En contextos de crisis quienes sufren de patologías psiquiátricas quedan prácticamente a su suerte, y lo peor es que los casos más graves quedan a la deriva. Cuando no hay acceso a medicación, ni seguimiento, el deterioro mental alcanza niveles críticos y se pierde la noción de la realidad.
El psiquiatra Antonio Arellano Mora, quien evaluó a Dorancel Vargas, advirtió que el sistema de salud mental venezolano no estaba preparado para contener a este tipo de pacientes. “El enfermo mental que delinque entra en un limbo legal del que muchas veces sale a la calle sin haber sido sanado ni rehabilitado, o queda atrapado en una prisión perpetua”.
Estas historias de canibalismo en Venezuela no pueden verse como un desfile de «monstruos». Son en realidad el síntoma más atroz de una crisis de salud pública.

