Sombras del mal: Candyman, el asesino de los caramelos

Manipulando a dos menores para que le consiguieran “presas” pasó tres años matando niños pobres

Muchos asesinos en serie son manipuladores, se hacen expertos en dominar mentalmente a sus víctimas y a veces a sus secuaces, para que los ayuden a cometer hechos atroces. Pero, a veces… estos se rebelan y en un intento por salvar sus vidas, terminan controlando y aniquilando al exterminador.

Esta es la historia de Dean Arnold Corll, conocido como “Candyman”, quien en un lapso de tres años habría secuestrado, abusado y asesinado a 28 niños, adolescentes y jóvenes en los estados de California y Texas, en Estados Unidos.

Corll nació el 24 de diciembre de 1939 en la ciudad de Fort Wayne, Indiana, hijo de Mary Robinson y Arnold Edwin Corll. Un padre muy estricto y una madre sobreprotectora que más tarde terminarían divorciándose.

A los 18 años lo llamaron para el servicio militar, pero fue dado de baja por ser homosexual.

En 1950 se radicó en Houston, Texas, y en 1962, su mamá compró una fábrica de dulces en la que Corll comenzó a trabajar. Allí se ganó el apodo de “Candyman” y porque regalaba dulces a los niños.

En 1967, Corll llevaba a niños y jóvenes de viaje a las playas de Texas y a California, y hacía fiestas alocadas en su casa. Entre los asistentes estaba David Owen Brooks, de 12 años. Poco a poco, dándole dinero y comida, Corll se convirtió en figura paterna del niño.

A inicios de los 70 a esa relación se sumaría Elmer Wayne Henley, compañero de escuela de Brooks. Comenzaron robando casas, pero el plan de Corll era otro:  Ofreció 200 dólares por cada joven que le llevaran. Se iniciaba la carnicería.

Buscaban niños y jóvenes desarraigados, de hogares rotos, a quienes nadie extrañaría. Esa estrategia les permitió, por un par de años, acumular cierta cantidad de desapariciones. Nadie prestaba atención a los niños pobres perdidos, hasta que fue demasiado tarde.

Dos años después, el 7 de agosto de 1973, Corll fue asesinado a balazos. Lo mató Elmer Wayne Henley, uno de sus secuaces.

Esa noche Henley llevó a un “amigo” a la casa de Corll, bebieron y fumaron hasta que decidieron salir. En el camino encontraron a una amiga escapada de su casa, la llevaron hasta la casa de Corll, donde tras festejar se quedaron dormidos.

Al despertarse, Henley estaba amarrado y amordazado, Corll le dijo que lo asesinaría junto a las otras dos personas. Pero el joven le dijo a su aliado que se encargaría de matarlos, como había hecho en otras oportunidades.

Pero en un descuido de Corll, Henley lo desarmó y le disparó varias veces, un tiro en la cabeza no lo detuvo, así que le dio siete más.

Luego llamó a la policía y confesó el asesinato. Inicialmente, los policías no creyeron los demás crímenes. Terminó llevando a los funcionarios hasta los 28 cadáveres enterrados, todos envueltos en bolsas plásticas.

Brooks fue condenado a 90 años de cárcel, “había sido manipulado y estaba enamorado de su abusador”. Henley recibió una condena de 594 años por su participación en los crímenes, fue cómplice, asesino y disfrutó haber cometido los crímenes.

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