La tragedia tectónica sumada a la incertidumbre política y económica reavivan traumas pasados en una población emocionalmente agotada
El 2026 quedará marcado en la memoria colectiva como uno de los años más agotadores desde el punto de vista de la estabilidad mental de los venezolanos. Ha sido un año en el que la psique de una población acorralada alcanzó su punto de saturación, parece ser una bomba que ha acumulado tanta presión que se encuentra al borde de la explosión.
Apenas habían pasado unas horas del Feliz Año Nuevo cuando ocurrió un hecho inédito: En plena madrugada del 3 de enero se produjo la primera intervención militar de Estados Unidos en América Latina desde 1989; la operación culminó con la detención y extracción de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.
Tras la designación de Delcy Rodríguez como la presidenta interina, el país vivía momentos de extrema tensión y dudas sobre su futuro político. Sin embargo, a pesar de la crisis, Venezuela comenzó a asumir una nueva “normalidad”.
La supuesta normalidad no terminaba de cuajar cuando se produjo un segundo golpe, el cual sería definitivo en el tejido psicosocial.
A las 6:04 de la tarde del 24 de junio se produjeron dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron al país y golpearon con particular fiereza a La Guaira y la Gran Caracas. Los sismos dejaron miles de muertos y desaparecidos, sumados a un rastro de destrucción física y emocional.
Una población “quemada” mentalmente
El desastre natural no actuó sobre un terreno neutro, sino sobre una población con sus reservas psicológicas exhaustas. Con más de un millón de personas afectadas, los especialistas estiman que entre el 30% y el 60% de los sobrevivientes directos desarrollará Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).
“Creemos que debido a todo lo que está sucediendo en el contexto nacional, la situación de la salud mental en niños, niñas y adolescentes se va a agravar”
Abel Saraiba
Psicólogo y coordinador de Cecodap
La psicóloga clínica Franca Trezza, especialista en duelo, ha advertido que la acumulación de vivencias adversas ha quebrantado las capacidades naturales de afrontamiento de la ciudadanía. “La mente del venezolano se encontraba afectada por traumas previos acumulados. Ante una nueva emergencia, todos los traumas y duelos del pasado se reactivan y se reavivan. La población se encuentra emocionalmente ‘quemada’, lo que exige un acompañamiento profundamente compasivo”, explica.
Las réplicas sísmicas, la falta de veracidad en las cifras oficiales de víctimas, los traumas políticos y económicos se agudizaron con el dolor de un duelo no resuelto. La crisis permanente ha impedido el cierre simbólico, transformando el dolor agudo en un lastre que se mantiene.
Una crisis silenciosa que cobra vidas
El agotamiento emocional encontró su manifestación más trágica en las tasas de suicidio. Datos del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) revelan que entre 2019 y 2024 más de 13.000 personas perdieron la vida por lesiones autoinfligidas en el país.
Solo en 2023 se registraron 2.358 casos, que afectan en su mayoría, 80,6%, a hombres, una brecha que expertos vinculan a roles de género rígidos que dificultan la búsqueda oportuna de ayuda.
Los determinantes sociales —desempleo, inflación e inviabilidad del proyecto de vida— actúan como catalizadores de una crisis que culmina en conductas autolesivas, siendo el ahorcamiento el método en más del 72% de los decesos.
En los últimos años, las cifras de suicidio no han sido publicadas, pero sin ninguna política dirigida a reducirlas, y ante un panorama mucho más intenso, sería obvio pensar que los datos se mantienen en alza.
Infancia en riesgo y colapso asistencial
El panorama es aún más desolador cuando observamos la situación de la niñez y la adolescencia. Cecodap reportó un incremento alarmante en las ideaciones e intentos de suicidio en menores de 12 a 17 años, donde la depresión figura como detonante en el 86,1% de los expedientes.
Al acoso escolar y los peligros del entorno digital se suma la falta de contención familiar provocada por la migración masiva y una crisis que ya podría ser calificada como apocalíptica.
“La mente del venezolano ya se encontraba afectada por traumas previos acumulados. Ante una nueva emergencia, todos los traumas y duelos del pasado se reactivan y se reavivan. La población se encuentra emocionalmente ‘quemada’, lo que exige un acompañamiento profundamente compasivo”
Franca Trezza
Psicóloga clínica especialista en duelo
Al respecto, el coordinador de Cecodap, Abel Saraiba, ha expresado su temor de que debido a todo lo que está sucediendo en el contexto nacional, “la situación de la salud mental en niños, niñas y adolescentes se va a agravar.”
Frente a esta demanda desbordada, la red de salud pública muestra un vacío catastrófico: en la Gran Caracas solo el Hospital Vargas mantiene activo un servicio público de psicología, registrándose una relación de 60 pacientes por especialista en la red asistencial general.
Respuestas de contención: Protocolos de auxilio y redes comunitarias
Ante la parálisis institucional del Estado, la sociedad civil organizada y las instituciones académicas han tomado el liderazgo en la contención psicosocial de Venezuela. La Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV), Cáritas y diversas ONG implementaron canales de atención remota y brigadas de campo para brindar Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) en las zonas de mayor devastación de los terremotos.
Para atender el trauma masivo derivado del doble sismo de junio de 2026, los especialistas aplican protocolos que se enfocan en Escucha Activa, Reentrenamiento de la Ventilación, Categorización de Necesidades Inmediatas, Derivación a Redes Comunitarias y Psicoeducación.
Mientras tanto, ONG promueven la adopción de programas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), enfocados en el diagnóstico de la depresión severa e ideación suicida en centros de atención primaria.
En el ámbito preventivo, se promueve la estrategia de «Vivir la Vida», que exige limitar el acceso a medios letales y promover en los medios de comunicación una cobertura responsable que priorice la difusión de historias de superación y resiliencia que contrarresten con el sensacionalismo.
Sin embargo el actor más importante en esta lucha es el Estado, que ha demostrado una paralización para dar respuestas a los problemas mentales de la población, al no darle la debida prioridad a los programas de atención y contención que son prácticamente inexistentes en el país.

