Por más de una década, un asesino viajó por EEUU ocultando armas con las que luego asesinaría a un número indeterminado de personas
Durante años, Israel Keyes llevó una vida que parecía ordinaria: trabajó como contratista, viajó por Estados Unidos y evitó llamar la atención. Pero su arresto en 2012 dejó al descubierto a un asesino itinerante que había planificado ataques durante más de una década. El Buró Federal de Investigación (FBI) cree que cometió secuestros y asesinatos entre 2001 y marzo de 2012, pero la cantidad de sus víctimas sigue sin conocerse.
Keyes nació en 1978 y creció en una familia numerosa, en un entorno rural y apartado del estado de Washington. Los relatos sobre su crianza describen una vida aislada y una familia de creencias religiosas estrictas. Las fuentes públicas no establecen un acontecimiento concreto de la infancia o adolescencia que desencadenara la violencia que desataría años más tarde.
De adolescente y joven, Keyes viajó por EEUU y más tarde sirvió en el Ejército estadounidense y fue dado de baja en julio de 2001. El FBI sitúa uno de sus primeros delitos conocidos en 1998, cuando confesó que secuestró y agredió sexualmente a una joven en Oregon, a quien dejó ir.
Su modus operandi se distinguía por la planificación y la movilidad. El FBI explicó que viajaba largas distancias, a veces volando a una ciudad, alquilando un vehículo y conduciendo hasta otra zona. El FBI describió cómo preparaba los delitos con anticipación y enterraba los materiales que podía recuperar más tarde para cometer los asesinatos. Esa organización dificultó conectar casos ocurridos en distintos estados.
En lugar de escoger siempre a una víctima específica, Keyes viajaba con un lugar en mente y buscaba una oportunidad.
En sus entrevistas con la policía habló de crímenes cometidos a lo largo de varios años y de víctimas cuyos nombres no fueron identificados públicamente. Los investigadores confirmaron su responsabilidad en los asesinatos de Samantha Koenig en Alaska y del matrimonio de Bill y Lorraine Currier en Vermont.
El 1 de febrero de 2012, Keyes secuestró a Samantha Koenig, de 18 años, en el puesto de café donde trabajaba en Anchorage, y la asesinó. La investigación del caso permitió identificarlo y detenerlo en marzo de ese año. Las autoridades reconstruyeron parte de sus movimientos y obtuvieron confesiones durante interrogatorios posteriores.
Pero al no tenerse indicios sobre su conducta, ni una explicación concluyente de sus motivaciones, eso dificultó identificarlo y, al proporcionar información incompleta sobre otros posibles crímenes, dejó casos que aún hoy en día se mantienen sin resolver.
Keyes se suicidó en su celda de Anchorage el 2 de diciembre de 2012, antes de que pudiera celebrarse un juicio que esclareciera sus delitos. Las autoridades nunca pudieron determinar definitivamente la cifra de víctimas que dejó.
Su caso sigue siendo un misterio, no porque falte evidencia de algunos crímenes, sino porque su método deliberado, sus desplazamientos y sus confesiones incompletas impidieron reconstruir toda su actividad depredadora.

