Detrás de la imagen de un humilde jardinero se escondía un asesino en serie que actuaba en tres países
Durante más de 15 años un asesino en serie atacó en la región fronteriza de Alsacia; usaba ropa de trabajo, sonreía a las familias y… En las noches atacaba a las personas más frágiles.
Yvan Keller, bautizado por la crónica negra como “el Asesino de la Almohada”, no solo es uno de los criminales en serie más prolíficos de la historia europea contemporánea, también era un camaleón que convirtió el envejecimiento y la muerte natural en su mejor coartada.
Nacido el 13 de diciembre de 1947 en Mulhouse (Francia), en una familia numerosa de traperos, Keller creció en un entorno de pobreza. Desde joven se inició en el hurto y en los robos a pequeña escala. Durante esta etapa perfeccionó dos habilidades letales: Aprendió a mapear la vulnerabilidad ajena y a ser invisible socialmente.
Su oficio como jardinero por cuenta propia fue su herramienta perfecta. Le otorgaba la excusa ideal para recorrer pueblos, observar fachadas, identificar viviendas de ancianas solitarias y memorizar sus rutinas mientras trabajaba y viajaba por la región fronteriza entre Francia, Alemania y Suiza.
Su modus operandi consistía en aprovechar la madrugada para entrar silenciosamente a las casas de mujeres de entre 70 y 90 años; utilizando su fuerza física las inmovilizaba en sus camas y las sofocaba con sus almohadas. Debido a la avanzada edad de sus víctimas, la muerte llegaba rápidamente.
Tras el crimen, arreglaba los cuerpos, tendía las camas y colocaba las almohadas bajo las cabezas de las fallecidas. Las víctimas parecían haber muerto por causas naturales mientras dormían. Robaba solo efectivo o algunas joyas para que se atribuyeran las pérdidas a descuidos de las ancianas.
La cifra de asesinatos llega, según algunos investigadores, a las 150 víctimas en los 17 años comprendidos entre 1989 y 2006. Los crímenes ocurrieron sin ser detectados debido a que se aprovechó del área transfronteriza entre Francia, Alemania y Suiza y actuó con astucia.
Cruzaba el río Rin o la frontera suiza en minutos. Si una anciana moría en extrañas circunstancias en Baden-Wurtemberg (Alemania), cerca de Basilea (Suiza) o en Mulhouse (Francia), los médicos certificaban muertes naturales. Al no haber signos evidentes de violencia, las muertes se archivaban localmente. La falta de comunicación policial interfronteriza para decesos «no sospechosos» convirtió a Keller en un fantasma internacional.
El exceso de confianza fue su ruina. A principios de los años 2000, las autoridades notaron robos sistemáticos tras los decesos y transacciones bancarias extrañas y encendieron las alarmas. En septiembre de 2006, la policía francesa detuvo al jardinero acusado por 23 asesinatos. Entre sus propiedades hallaron objetos de las fallecidas.
Ante la contundencia de las pruebas, Keller mostró una frialdad cínica, confesó los crímenes y sugirió que la cifra real superaba las tres decenas. Sin embargo, no fue juzgado. El 22 de septiembre de 2006, en un último acto de cobardía, Keller se ahorcó en su celda. Dejó tras de sí un vacío judicial y un cambio drástico en los protocolos forenses de Europa.

