Durante dos años, un hombre se dedicó a asesinar a personas que compraban caballos en el Moscú de inicios del siglo XX
En apenas dos años, Vasili Ivánovich Komaroff pasaría de ser un don nadie a ser conocido en la historia criminal como el «Lobo de Moscú», uno de los primeros asesinos en serie registrados en la Unión Soviética.
Su rastro de sangre dejó al menos 33 víctimas mortales entre 1921 y 1923 y estuvo marcado por una brutalidad metódica y por la complicidad activa de su esposa, Sophia.
La relación entre Vasili y Sophia no fue solo conyugal; se convirtió en una alianza criminal. Komaroff, un tratante de caballos casi en la quiebra, utilizaba su oficio como fachada para participar en el mundo criminal, era conocido por comprar caballos robados, que luego vendía por unos cuantos centavos.
En medio de sus actividades comenzó a invitar a potenciales compradores de caballos a su casa bajo el pretexto de cerrar un trato y compartir un trago de vodka. Una vez dentro, los atraía al establo anexo a su vivienda, donde tras unos tragos asesinaba a golpes o estrangulaba a sus víctimas.
Al principio Sophia no sabía nada, pero en 1922 descubrió las actividades de su marido tras encontrar a una víctima en el establo, pero en lugar de denunciarlo, se involucró en los crímenes. Según las investigaciones posteriores, Sophia ayudaba a engañar a las víctimas, las distraía y luego limpiaba la escena del crimen, ocultaba los cuerpos y vigilaba mientras su esposo cometía los crímenes.
A pesar de que el motivo aparente era el robo, la realidad económica de los crímenes fue desproporcionadamente pequeña. Komaroff obtenía sumas irrisorias de las pertenencias de sus víctimas, a menudo apenas unos pocos rublos o bienes de escaso valor.
Esa falta de una recompensa financiera significativa subraya que el asesinato se había convertido, para Komaroff, en una rutina compulsiva, un acto que llegó a calificar como un «trabajo sencillo” que realizaba con absoluta sangre fría, sin que el enriquecimiento fuera el verdadero motor de su conducta.
El descubrimiento de los crímenes ocurrió cuando la policía de Moscú, desconcertada por la inexplicable desaparición de numerosos tratantes de caballos, intensificó las investigaciones. Las sospechas recayeron sobre Komaroff debido a sus vínculos con varios de los desaparecidos.
Tras su detención, Komaroff no solo confesó sus actos, sino que describió con escalofriante detalle cómo había quitado la vida a decenas de personas.
El juicio fue breve y contundente. El tribunal no tuvo dudas sobre la culpabilidad de ambos. Vasili Komaroff y su esposa Sophia fueron condenados a muerte y ejecutados el 18 de junio de 1923. Sus hijos desaparecieron en el complicado mundo de las casas de adopción de la Rusia de inicios del siglo XX.

