En Afganistán un asesino en serie violó y asesinó a unos 300 hombres
En el Afganistán de la década de los ‘60, bajo la aparente calma de un país que buscaba un camino hacia la modernización, se incubó una de las olas de violencia en serie más terroríficas del siglo XX.
En los oscuros callejones y rincones desolados de la capital, Kabul, la muerte no vestía uniforme ni portaba armas sofisticadas: usaba la confianza de las personas y una prenda cotidiana como armas.
Abul Djabar, nacido en 1921, quedó inmortalizado en los anales del true crime como el “Asesino del Turbante», uno de los criminales más prolíficos y letales en la historia de Asia Central. Se le atribuyen más de 65 asesinatos verificados, aunque la cifra de víctimas sobrepasa las 300 según datos manejados por expertos que han estudiado su caso.
Su apariencia de hombre común sirvió como el camuflaje perfecto entre la multitud afgana.
Su patrón de conducta era metódico y despiadado. Atacaba a los más desprotegidos de Kabul: niños, adolescentes y hombres jóvenes de bajos recursos económicos.
Se ganaba su confianza mediante engaños, promesas de comida, trabajo, ayuda financiera o cobijo, se trasladaba con sus víctimas a parajes aislados y edificios abandonados fuera de la vista del público, donde agredía sexualmente y estrangulaba a sus víctimas usando su turbante. Este elemento distintivo selló la suerte de decenas de víctimas, y le otorgó el macabro seudónimo con el que pasó a la historia criminal.
La localización constante de cadáveres de hombres hizo que la opinión pública afgana se volcara sobre la policía. La creciente presión social para capturar al responsable provocó graves fallos procedimentales.
Durante la investigación inicial, detuvieron y ejecutaron a dos inocentes por los crímenes cometidos por Djabar antes de que se lograra identificar al verdadero homicida. Este trágico error empañó aún más el caso y permanece como un sombrío recordatorio de las fatales consecuencias de la precipitación judicial.
Finalmente, la racha criminal de Abul Djabar llegó a su fin tras una operación policial que culminó con su detención en 1970. La justicia afgana probó su culpabilidad directa en 65 homicidios durante el proceso judicial.
Las más de 300 víctimas posibles establecen una escalofriante estimación que sitúa a Djabar en un nivel de letalidad comparable con los asesinos en serie más devastadores del mundo.
Tras ser juzgado y sentenciado a la pena capital, fue ejecutado en la horca el 21 de octubre de 1970. Sin embargo, la historia del «Asesino del Turbante» quedó parcialmente envuelta en el misterio: gran parte de los registros policiales y expedientes judiciales se perdieron o fueron destruidos a causa de guerras, cambios de régimen e inestabilidad política que asolaron a Afganistán, dejando su legado como una sombra trágica en la memoria del país.

