Más de 30 mototaxistas fueron asesinados por un misterioso sujeto en el Caribe colombiano
Durante más de una década un asesino atacó en el Caribe y en el nororiente colombiano sin que las autoridades pudieran identificarlo. Sus víctimas eran mototaxistas, jóvenes, todos con una estatura promedio de un metro 60 y menos de 70 kilogramos de peso.
Las regiones de Valledupar, Tenerife, Sabanalarga, Aguachica, Santa Marta, Barrancabermeja y Puerto Wilches vieron como decenas de motorizados desaparecieron y, poco después, los cadáveres fueron localizados atados con intrincados sistemas de cuerdas y nudos.
Detrás de este patrón aterrador se encontraba un hombre que sería identificado como Luis Gregorio Ramírez Maestre y a quien la prensa roja bautizaría como “el Asesino de la Soga”, o “el Dexter criollo”, este último apodo por una serie de TV cuyo protagonista era un asesino en serie que mataba a criminales. Esto revictimiza a sus víctimas, quienes no solo eran mototaxistas, sino que por conexión serían delincuentes.
Luis Gregorio Ramírez Maestre tenía la fachada perfecta. Una vida privada normal, era un hombre casado, padre de tres hijos, trabajador y responsable, se dedicaba al comercio y a hacer carreras como mototaxista, además era elocuente, de charla fácil y agradable.
El modus operandi de Ramírez Maestre era metódico: seleccionaba a sus víctimas por sus características físicas similares, baja estatura y delgados para facilitar el ataque. Se presentaba como un pasajero común, conversador y simpático, pedía ir a parajes rurales aislados y, cuando llegaba a su destino, atacaba por la espalda y sometía al conductor.
Su «firma» criminal era el uso de una soga. Tras desmayar a su víctima la amarraba a árboles con nudos que se apretaban más con sus movimientos, provocando la muerte por estrangulamiento. A un lado, Ramírez Maestre observaba mientras comía y bebía.
Inicialmente se consideró el robo de las motos como el móvil principal de los asesinatos, pero especialistas sugieren que Ramírez experimentaba gratificación al infligir sufrimiento e incluso regresaba a contemplar las escenas de sus crímenes.
La dispersión geográfica de los asesinatos puso a prueba la respuesta de la policía colombiana. Conectar crímenes en distintos departamentos requirió cruzar variables como la ocupación informal, técnicas de amarre y robo de vehículos. La falta de un sistema unificado de alertas en zonas rurales dificultó la conexión de los asesinatos.
Tras ser identificado, agentes encubiertos lo engañaron y detuvieron sin oponer resistencia. Luego fue allanada su vivienda, donde se encontraron objetos de sus víctimas, se le atribuyeron entre 30 y 36 homicidios, aunque podrían ser más de 60 sus víctimas.
Fue enjuiciado y condenado a 57 años de prisión, pena que fue reducida a 34 años, tras reconocer algunos crímenes. Hoy permanece recluido en la cárcel conocida como La Tramacúa, en Valledupar, Colombia.

