Un aparentemente normal ciudadano norteamericano se dedicó a secuestrar y cazar a mujeres vulnerables en la Alaska de los años 70 y 80
Bajo la calma de la ciudad de Anchorage, en Alaska, durante los años 70 y principios de los 80, se ocultaba una de las historias más oscuras de la crónica negra de Estados Unidos.
La ciudad vivía un apogeo económico tras el auge petrolero y en ella un respetado comerciante local convirtió los bosques del norte en su coto de caza privado. Se trataba de un vecino ejemplar, Robert Christian Hansen, un hombre “inofensivo” quien en realidad era un despiadado asesino en serie.
Nacido el 15 de febrero de 1939 en Estherville, Iowa, Hansen creció bajo la tutela de su padre, un inmigrante danés de profesión panadero. Durante su infancia y adolescencia, un acné severo y tartamudez lo convirtieron en blanco de burlas y aislamiento social, esto germinó en él un profundo rencor hacia las mujeres.
A pesar de sus problemas de integración, desarrolló una notable habilidad para la caza con arco y armas de fuego, disciplina en la que llegó a batir récords locales. Su conducta antisocial se manifestó en 1960 cuando fue encarcelado por incendiar un bús escolar.
Tras cumplir su pena y divorciarse de su primera esposa, se casó nuevamente en 1963. En 1967 se mudó a Anchorage, donde abrió una exitosa panadería y formó un hogar.
Para la comunidad, Hansen era el ciudadano modelo: un afable padre de familia, hábil artesano del pan y cazador galardonado. Pero al caer la noche, se convertía en un monstruo que patrullaba las zonas rojas de la ciudad para capturar a mujeres vulnerables.
A partir de 1971, consolidó un despiadado modus operandi. Secuestraba a sus víctimas a punta de pistola, las agredía sexualmente y las trasladaba en su avioneta privada a zonas remotas de la tundra, luego las liberaba para darles caza como si fueran animales, armado con un rifle Ruger Mini-14 o con un arco de precisión.
El 13 de junio de 1983 fue el principio del fin: Cindy Paulson, una joven de 17 años secuestrada, logró escapar milagrosamente mientras él preparaba su avioneta. Descalza y con esposas en las muñecas, corrió hacia una avenida donde fue auxiliada.
Aunque Hansen presentó una coartada inicial que hizo dudar a la policía local, agentes estatales y expertos del FBI vincularon la declaración con la aparición de varios cadáveres hallados en los alrededores de Anchorage.
En octubre de 1983, las autoridades registraron la vivienda de Hansen y encontraron pertenencias de las víctimas y un mapa de aviación repleto de cruces que marcaban los lugares exactos donde reposaban los restos de sus presas y armas.
Acorralado por las evidencias, Hansen confesó haber agredido a más de 30 mujeres y ejecutado al menos a 17 de ellas entre 1971 y 1983. En febrero de 1984 fue condenado a 461 años de prisión sin derecho a libertad condicional.
Hansen murió en la penitenciaría de Spring Creek el 21 de agosto de 2014, a los 75 años, debido a complicaciones de salud.

