Luis María Ortega, conocido como el  “Monstruo de los Llanos”, es el primer asesino en serie conocido por las autoridades nacionales (Imagen creada con inteligencia artificial)

Sombras del Mal. El “Monstruo de los Llanos”

El asesino en serie más prolífico de la historia venezolana, con entre 50 y 100 víctimas, es también el más desconocido

En la historia criminal venezolana los asesinos en serie son una especie rara de la que se conocen pocos casos. El más famoso de ellos es José Dorancel Vargas Gómez, alias “el Comegente”. Los demás se mantienen ocultos en el olvido.

Pero en nuestro país el pionero de los asesinos en serie fue un hombre detenido a mediados de los años 70, su nombre es Luis María Ortega, bautizado como el “Monstruo de los Llanos”. Durante casi una década, convirtió carreteras y ríos del centro del país en un cementerio clandestino.

Nacido en el estado Portuguesa, Ortega era un campesino. Su vida dio un giro radical a finales de los años 40 tras la muerte fortuita de un toro padrote que cuidaba. Tuvo que huir junto a su esposa embarazada porque el dueño del toro lo culpaba por la pérdida.

En Yaracuy trabajó en el Central Azucarero Matilde, allí enfrentó los abusos de un capataz que humillaba a los peones y acosaba a sus parejas. Tras sorprenderlo insinuándose a su esposa, lo amenazó de muerte. Poco después, el supervisor fue asesinado. 

La policía lo detuvo y fue condenado a 20 años en la Penitenciaría General de Venezuela. Durante su encarcelamiento, su dolor se transformó en rabia cuando su familia terminó empobrecida y su esposa prostituida. En el penal, aprendió a leer y escribir. Se fascinó con el esoterismo y crónicas de asesinos como Jack el Destripador. Allí germinó su venganza.

En 1966 recuperó la libertad y comenzó a vivir como espiritista y curandero devoto de María Lionza. Con un trato amable y pausado, se ganaba la confianza de campesinos y viajeros a quienes prometía liberar de malas influencias con un «ritual de purificación» a orillas de algún río.

En el sitio, hacía una limpieza espiritual y, para cerrar el hechizo, ofrecía una pócima. El brebaje, un vino espeso con hierbas y olor desagradable, contenía además veneno para ratas.

Para no levantar sospechas, Ortega fingía beber del envase que ofrecía a sus víctimas. Cuando la pócima corroía sus órganos, sus creyentes gritaban de dolor, entonces les decía que tenían que sumergirse en el agua para «botar las malas energías».

Muchos morían ahogados; otros fallecían en la orilla. Todos terminaban sepultados en la sabana con sus pertenencias sin valor.

Aunque inició su carrera buscando venganza, todo derivó al homicidio por placer y utilitario. Se sabe que Ortega recorrió los estados centrales del país, donde dejó un rastro de tumbas aún ocultas.

La carrera del “brujo diabólico” llegó a su fin en febrero de 1975, cuando un campesino sobrevivió al coctel tóxico y avisó a la PTJ. tras ser detenido e interrogado, Ortega confesó tranquilo y sin titubeos el asesinato de más de 50 personas. Pero pesquisas e historiadores calculan que la cifra real supera las 100 víctimas.

Condenado a la pena máxima de 30 años de prisión, se dice que falleció en reclusión.

La investigación forense moderna ubica a Luis María Ortega no solo como el pionero de los asesinos en serie venezolanos, sino además como el más prolífico y uno de los más desconocidos.

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